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Alea Jacta Est

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Embalse de Puente Alta

Fechas: 12 y 19 de mayo

Asistencia: 2 a la primera y cuatro a la segunda

Distancias: 53,63 kms y 66,54 kms.

Rutas: Cercedilla – Segovia por el puerto de los Leones y Boadilla – Perales de la Milla

Meteorología: Tiempo loco de primavera. A veces llueve y otras solazo respetable.

Pues ya está. Con estas dos rutas se acabó el entrenamiento para la Madrid-Segovia 2018. Sé que me he quedado corto, mis piernas y mi extremo cansancio al final de cada una de estas etapas ya me están avisando que no estoy en forma o, al menos, no tan en forma como para completar la prueba. Pondré corazón, ilusión y ganas, muchas ganas, pero no tengo del todo claro que sean suficientes para alcanzar una meta que, sin preocupación alguna por el crono, parece bien lejana.

La primera de las rutas, la Cercedilla – Segovia por el puerto de los Leones es espectacular, quizás no tan bonita como el paso por el puerto de la Fuenfría, pero con unos paisajes que quitan el hipo. La primavera ya está haciendo de la suyas y el ver arroyos con agua y campos sin fin de lavandas y tomillos hace las delicias hasta del más insensible.

Empezamos la ruta a las 7 de la mañana ya en la estación de cercanías de Cercedilla, con lo que, a poco que se calcule, es fácil imaginar la hora a la que sonó el despertador en Boadilla. Tras un fallido intento de tomar un café por la zona, ya que todo estaba aún cerrado, nos montamos en la bici y, casi sin tiempo a amoldarnos al sillín, ya estábamos encarando las primeras pendientes del puerto. Cierto es que duro era pero, como ya me lo habían avisado e iba preparado para algo peor, lo subí con cierta holgura. No paramos de subir en un buen rato y los últimos metros, por lo embarrado del terreno, los hicimos con una depurada técnica de pie a tierra.

Una vez coronado el puerto y esperanzado con una bajada desmelenada, todos mis ánimos se desvanecieron al comprobar que, por culpa de los pedregales que forman el sendero, no nos queda más remedio que bajarnos de la bici y recorrer gran parte de la bajada al lado de nuestras mecánicas compañeras en lugar de encima de ellas. Tampoco hubo mucho tiempo para lamentarse ya que, inmediatamente a continuación, empezó una parte del recorrido que, con suaves sube y bajas, nos hizo avanzar por unos bosques, en plena eclosión primaveral, que nos dejaron asombrados.

Todo parecía ir bien cuando, a escasos 22 kilómetros de nuestro objetivo, y tras haber gastado las fuerzas que nos iban quedando en el rompe-piernas de San Rafael, mi compañero de fatigas pincha su tubeless trasera. Sorprendidos de que nos fallara el líquido del interior, abrimos la rueda para comprobar que poco quedaba de él. Sin otra opción, decidimos meter una cámara que llevábamos como precaución en la rueda y empezamos a inflar. Cual no sería nuestra sorpresa cuando comprobamos que su bomba no funciona y que yo he olvidado la mía. ¡Desastre que somos!. Y eso sin olvidad que servidor olvidó el casco en casa y se la estuvo jugando todo el camino con un pañolito como única protección.

Ni cortos ni perezosos, y viendo que no venía ningún ciclista al auxilio, nos pusimos a recorrer las urbanizaciones, más o menos cercanas, con la esperanza de que algún lugareño fuese aficionado a la bici y nos prestase una bomba. Tras dos horas de deambular por las cercanías de Ortigosa del Monte, encontramos un buen samaritano que nos prestó la que, por casualidad, llevaba en su maletero. Nos había venido a ver un santo ya que la única opción que nos quedaban era una marcha a pie de varios kilómetros arrastrando una bici pinchada.

Reanudada la marcha, todo era ya, más o menos, cuesta abajo con la sorpresa final de la vista espectacular del embalse de Puente Alta, donde tomamos la foto que acompaña esta crónica.

Tras cerveza final en las cercanías de la estación de Segovia, cogimos el tren a Cercedilla y, de ahí, a casa. Independientemente de lo que pase el próximo sábado en la prueba, habrá que agradecer que la carrera nos haya dado la oportunidad de conocer esta ruta.

 

 

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Cercedilla

 

Cercedilla_060418

En el cercanías, ya de vuelta

Fecha: 7 de abril de 2018

Asistencia: 3 del pelotón de entrenamiento para la Madrid-Segovia.

Distancia: 52,82 kms.

Ruta: Tres Cantos – Cercedilla

Meteorología: Amenaza de lluvia desde el principio que se sustanció en los últimos 10 kms del recorrido.

Ruta prevista como parte de nuestro entrenamiento de la Madrid-Segovia desde hacía tiempo. Realmente es la primera etapa de las dos que tiene el recorrido.

Durante la semana hubo dudas. La previsión del tiempo no acompañaba: daba lluvia pero, con la inconsciencia que ya nos caracteriza y debería empezar a preocuparnos, no hicimos caso y, aunque optamos por una versión reducida, ya que eliminamos los primeros doce kilómetros saliendo desde la estación de cercanías de Tres Cantos en lugar de hacerlo directamente desde Madrid, nos tiramos a la piscina… y nunca mejor dicho.

Por describir cronológicamente la aventura, el cruel despertador sonó a las 6 de la mañana, doble crueldad por lo ingrato del madrugón y por ser sábado. Alguno tuvo tentaciones de inventarse alguna indisposición, pero somos gente comprometida y seria, y no lo hicimos. Tras café rápido y torta de aceite de Inés Rosales (no hay mejor dopaje), a las 7 de la mañana estábamos montando las bicis en el coche y a las 8 desmontándolas, ya en Tres Cantos.

Nubes pero no mucho frío nos acompañan en el primer tramo. Mucho sube y baja, pero nada especialmente llamativo. Llegada a Colmenar y, rodeando el pueblo, rodamos paralelos a las vías del tren hasta desviarnos por un camino, que más que camino era una trialera con rocas bien fastididada, sobre todo por la cantidad de agua que había en el monte. Nos encontramos con los primeros ciclistas y corredores que, como nosotros, se muestran inasequibles a las inclemencias del tiempo.  Tras mucho poner el pie en tierra, llegamos a una pista ancha que, de subida constante, nos lleva hasta Manzanares. Poco antes de llegar al pueblo aprovechamos para realizar una parada en la cota más alta donde disfrutar de las vistas y degustar nuestras coca colas, queso y picos. Recuperadas las fuerzas encaramos, en una pista preciosa, la bajada hasta el pantano. Bordeamos el pueblo y, acompañados por una lluvia que no nos abandonará hasta el final de la ruta, nos encaminamos a la entrada de La Pedriza, que dejamos a nuestra izquierda. Tras llanear un buen rato, llegamos a Mataelpinto, que no es un pueblo, sino una cuesta arriba interminable que, a estas alturas, ya se hace un poco dura.

A partir de aquí, nuevas trialeras por caminos bien estrechitos y complicados aunque más por lo mojado del terreno y la lluvia que por la orografía del terreno. Los caminos son sustituidos al poco por en el único tramo de carretera: una subida por la M-607 hasta el cruce con la M-601 que sube al puerto de Navacerrada. El cruce marca el final del tramo por asfalto y  marca el punto donde nos desviamos, ya en cuesta abajo, hacia Cercedilla, donde llegamos poco después de las 13:30h.

Empapados como si nos hubiéramos bañado con la ropa puesta, nos toca esperar el Cercanías a Madrid en la cafetería de la estación. Nueva coca-cola y pincho de tortilla, transbordo en Chamartín y vuelta a Tres Campos para recuperar el coche dan por finalizada la aventura del sábado.

En cuanto a sensaciones, lo positivo es que me convenzo de estar en condiciones de, al menos, cubrir el primer tramo de la ruta pero, y esto es lo negativo, con serias dudas de estar en forma para completar la prueba completa. Veremos cómo evoluciono en las próximas semanas. Será clave la ruta que hagamos para realizar la segunda parte. Veremos.

 

Viento, mucho viento

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Celebrando el cumple de Ramírez

Fecha: 23 de marzo de 2018

Asistencia: Cuatro de los más fieles.

Distancia: 57,26 kms.

Ruta: Boadilla – Casa de Campo.

Meteorología: Día tristón, amenazando lluvia todo el camino, pero sin caer ni gota pero con viento, mucho viento.

Hugo, ese es el nombre a recordar de este día. Según la lista de borrascas, es el que tocaba para describir el día ventoso con el que nos topamos el pasado sábado. Y mira que lo que nos preocupaba era la lluvia y el barro que, después de un mes, en el que no ha parado de llover, se debía estar acumulando en los caminos por los que normalmente transitamos.  Pero no, fue el viento huracanado que se ensañó con nosotros al final de la ruta, y el responsable de que un paseo, con poca complicación a priori, se convirtiera en un suplicio.

La salida, como siempre tempranito, desde Boadilla con el pelotón improvisando ruta sobre la marcha: no se puede negar la hispanidad del grupo. Tras un poco de debate, una Casa de Campo con posibles variantes fue lo que nos convenció a todos. Bajada hasta Madrid sin mucho que destacar, y con menos barro del esperado, tras la que empezamos con el caracoleo por el parque subiendo y bajando desde la M-30 hasta el teleférico y de ahí a Campamento para bajar a la M-30 otra vez.

Aunque todos teníamos en mente la celebración del evento del día: el cumpleaños de Ramírez, descartamos unos torreznos en el Urogallo por lo temprano del momento y nos dirigimos a Getafe para, atravesando la A-5 a la altura del museo del aire, volver por el páramo que rodea la M-50 desde Alcorcón a Boadilla. Lo que prometía ser un final tranquilo sin más, se convierte en un infierno por culpa del viento que, sin protección alguna, nos hacía sufrir cada pedalada. Tabasco, nuestro hombre contra las tubeless y defensor a ultranza de la cámara, pincha y, además de darnos la oportunidad de tomar un poco de resuello, se echa, no menos de 20 minutos, cambiando cámara e inflándola. Ya siento haber perdido la foto del momentazo. Habría sido la destacada de esta crónica de no haber desaparecido de mi móvil.  A veces wikiloc me juega alguna pasada como ésta.

Para finalizar, parada y posta en el O’Carro donde devoramos nuestros merecidos pinchos de tortilla, coca-cola y unos torreznos a cuenta del amigo Ramírez.

A pesar de que nos lo seguimos pasando bien, el entrenamiento de la Madrid-Segovia se ha resentido claramente por culpa de la meteorología. Empiezan a aparecer las dudas sobre la viabilidad del evento, al menos para mí.

Veremos…

Retomando la forma

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En el pantano de Valmayor

Fecha: 17 de febrero de 2018

Asistencia: 4 aguerridos ciclistas.

Distancia: 70,43 kms.

Ruta: Vuelta a Valmayor desde Boadilla del Monte.

Meteorología: Día despejado con temperatura razonable para las fechas del año en las que estamos.

Después de haber sufrido, como pocas veces, en la vuelta al pedaleo tras las vacaciones de Navidad retomo, no con poco esfuerzo, la rutina y las rutas habituales. Es cierto que no nos hemos ido a las sencillitas de cuarenta y poco kilómetros, sino que nos hemos zambullido, de lleno, en las más largas: una vuelta a Madrid por el anillo verde, que me perdí, y ahora una vuelta al pantano de Valmayor, que tampoco se queda manca en lo que a kilometraje se refiere. La idea: ir poniéndonos a tono para la Madrid Segovia.

La ruta es una clásica que, por la prohibición de paso por la finca de Romanillos, ha perdido parte de su vistosidad y nos ha hecho subir los kilómetros obligándonos a pasar por páramos, que bien se disfrutan a la ida por ser cuesta abajo, pero que son demoledores a la vuelta por razones obvias.

Saliendo desde casa, atravesamos la urbanización de las Lomas y acabamos en Villafranca del Castillo tras ir paralelos a la M-503. De ahí, y tras bordear Villanueva del Pardillo, subimos hasta Colmenarejo y de ahí bajamos al pantano de Valmayor, o para ser más exactos, al  secarral que, por la sequía, ha quedado al irse las aguas que lo solían llenar. Bordeándolo hacemos los kilómetros más entretenidos del camino, atravesando un paisaje de encinas y bosque hasta llegar a la ermita de la Esperanza en Valmayor donde nos dimos nuestro pequeño homenaje:

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Aperitivo para retomar fuerzas en ermita de Ntra. Sra. de la Esperanza en Valmayor

No va a ser todo pedalear.

Recuperadas las fuerzas, aún quedan una cuesta durilla en la urbanización Pino Alto de Valdemorillo y una cuesta de bajada, muy divertida, paralela al Aulencia. Subidas y bajadas por caminos técnicos donde ponemos a prueba la mecánica: arena, piedras y mucha velocidad. Todo una gozada.

La vuelta, lo dicho: páramo de subida en paralelo a la M-503 y llegada  casa tras una mañana estupenda de ciclismo.

La próxima semana….más.

Casi una visita al Zoo

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Con un atrevido gamo

Fecha: 23 de septiembre de 2017

Asistencia: Dos de los habituales.

Distancia: 34,86 kms.

Meteorología: Uno de esos días que no sabes qué ponerte, frío al empezar y calor importante a la vuelta.

Ruta: Desde el Lago de la Casa de Campo a El Pardo.

Fieles a nuestra cita de los sábados por la mañana a pesar de haber trasnochado la víspera, este sábado nos hemos dado un paseo desde la Casa de Campo hasta El Pardo que, por la cantidad de fauna que hemos visto, más parecía una excursión al zoo o una montería que nuestro tradicional encuentro con el pedal.

Cierto es que no íbamos con muchas ganas de ruta heroica esta semana por lo que, habiendo quedado a las 8 de la mañana, los dos supervivientes del pelotón nos miramos a los ojos en el momento de empezar, y haciendo gala de esa complicidad que dan los muchos kilómetros compartidos, decidimos hacer un poco de trampa: subimos las bicis al coche y nos fuimos a la Casa de Campo calentitos y sin mucho esfuerzo quitándonos algunos kilómetros de la ruta original. Una vez allí, pedaleando paralelos al Manzanares por el carril bici, nos plantamos en Puerta de Hierro y, de ahí, seguimos hasta el Escorial por el monte. Atravesamos el pueblo y seguimos hasta el desagüe del pantano por el camino que sigue paralelo a la valla.

Quizás porque el camino era bien conocido y no habíamos visto nunca tanto animal suelto, nos llevamos tanta sorpresa al ver los rebaños de gamos que, imagino que por estar en la época de la ronca, estaban menos atentos a la presencia humana, llegando, como la atrevida hembra de la foto, a dejarse alimentar de nuestras manos directamente. Todo un espectáculo de vida silvestre a escasos kilómetros de la urbe que no deja de impresionar a urbanitas como nosotros y a los muchos paseantes, que imagino conocedores de la actividad de los gamos en estas fechas, se echaron al campo con mochilas y cámaras.

En cuanto a lo ciclista, poco nuevo en esta crónica, más allá de nuestro reencuentro con los torreznos y el pincho de tortilla que, a pesar de los muchos intentos, se nos había resistido más de la cuenta en las anteriores salidas.

Las tubeless también se pinchan

 

Reparador Mammoth

Lo que me faltó el sábado

Fecha: 26 de agosto de 2017

Asistencia: Salida en solitario.

Distancia: 36,25 kms.

Meteorología: Nublado a pesar de ser aún agosto. Temperaturas de otoño para un final de verano fresquito.

Ruta: Boadilla- Casa de Campo (incompleta)

Pues eso, lo que en sus inicios no iba a ser más que una salida de entrenamiento para ir quitándome las ganas de bici, se convirtió en toda una aventura. Ya debía haberme sospechado algo en el primer momento cuando, al revisar la presión de  los neumáticos,  vi un poco baja la rueda trasera. Tampoco le dí mucha importancia: después de dos semanas de no haber tocado la bicicleta por vacaciones, tampoco me sorprendía que hubiera bajado un poco. Confiado como estaba en la infalibilidad de mis tubeless y que la ruta que barruntaba no era especialmente compleja (no presté atención en que, a lo tonto, me alejo ya bastantes kilómetros de casa) tampoco presté mayor importancia al tema y me fui.

Como era de esperar, la falta de actividad y el haber salido la noche antes, hizo que mi cuerpo remoloneara un poco y pendientes que no tienen ya mucha historia me parecieran un poco más complicadas de lo habitual. Como ya dijo alguien, hacerse mayor no se nota tanto en las cosas que ya no puedes hacer, sino en el tiempo que tu cuerpo necesita para recuperarse de los excesos y los veinte años ya quedan muy atrás.

El paseo, que no se puede llamar de otra manera, se desarrolló sin mucha historia. El tiempo acompañaba y, aunque salí más tarde de lo habitual (me puse el despertador bien temprano, pero mis huesos se negaron a despegarse de la cama fácilmente) las nubes que me acompañaron mitigaron el peso de un sol que, normalmente por estas fechas, hubiera sido inclemente.

Los problemas empezaron a la llegada al lago de la Casa de Campo. En un viraje noté que la bici “culeaba” más de la cuenta y vi que andaba un poco baja. Bimba en mano, resuelvo el problema sin más reflexión. A destacar la solidaridad del resto de ciclistas, no pocos se pararon a preguntar si necesitaba una mano en los menos de 10 minutos que me llevó el inflado. Otro punto a favor de este deporte. Desgraciadamente, la rueda se me vuelve a desinflar a los dos kilómetros, por lo que repito operación otras dos veces hasta que, llegado a la urbanización de “La Cabaña” la rueda se niega a mantener un mínimo de presión más allá de 200 metros. Revisándola con un poco de atención veo, y noto, una salida de aire por la que ya no sale el típico líquido sellador de las tubeless.

Asumiendo mi derrota, descuelgo el teléfono y llamo a mi señora, que camisón aún en ristre,  se coge el coche y me recoge.

Es evidente que la magia no existe por lo que, por bueno que sea el equipo, el mantenimiento es esencial. Probablemente el problema se debió a que debía haber cambiado el líquido hace ya algún tiempo, o rellenarlo, que aún no sé lo que hay que hacer en estos casos. Sea como sea, y aunque aprenda de mis errores, ya he visto un producto en Mamoth que va a acabar esta misma tarde en mi mochila. El kit de reparación de tubeless de esta marca.

¡¡Esto no me vuelve a pasar!!.

El Álamo

Salida 150717

El Álamo

Fecha: 15 de julio de 2017

Asistencia: Salida en solitario.

Distancia: 66,85 kms.

Meteorología: Plena ola de calor veraniega. Me salvo de la quema por mi gusto por el madrugar.

Ruta: Boadilla del Monte – El Álamo.

Con este sugerente nombre, no me refiero al fuerte donde , allá por el lejano 1836, se produjo la batalla del mismo nombre entre el ejército mexicano y los texanos de la época, sino al pueblo sito entre las comunidades de Madrid y Castilla la Mancha que, bajo la solana de un julio inclemente, alcancé este sábado en mi habitual salida semanal.

Se trataba de una ruta que, en su parte inicial, es una de mis clásicos. Salida desde Boadilla, llegada a Brunete y, tras atravesar el monte de Sacedón, bajada hasta el  Guadarrama. La novedad, esta vez,  estuvo en que, en lugar de volver atravesando el río por el puente abandonado del tren y tomar el camino de vuelta, decidí alargar un poco más el paseo y recorrer unos kilómetros adicionales empujado por esa curiosidad de nuevas rutas que siempre anda por ahí. Aunque mi intención inicial fue la de llegar a Arroyomolinos, una vez atravesada la autovía A-5 por el puente del Aguijón, el camino, casi sin querer, me fue llevando, en dirección Sur, hasta el Álamo.

El paisaje no era muy alentador: el camino iba dejando a ambos lados huertos, en muchos casos secos y abandonados, alguna hípica, que las más de las veces parecía un desguace por lo destartalado, y algún que otro pinar, más ralo y seco, que los que normalmente atravesamos en nuestros paseos un poco más al norte.

En lo que al ciclismo se refiere, por contra, una ruta estupenda para hacer piernas. Sin subidas ni bajadas dignas de mención, el único inconveniente era el polvo que, levantado por el paso de algún coche, se levantaba formando una nube que se extendía bien alto durante unos largos y molestos minutos.

Una vez alcanzado el Álamo, rellené el bote de agua que ya hacía tiempo que se había agotado, y deshice mis pasos por el mismo camino hasta alcanzar, ahora de vuelta, el puente sobre el Guadarrama. Ya en la otra orilla, la vuelta, con su subida hasta Villaviciosa de Odón, se hizo un poco dura por las quejas de unas piernas que, si bien no se habían sometido a esfuerzos desmesurados, sí que notaban las semanas de inactividad. Nueva parada para rellenar el bote de agua, que parecía menguar a la par que el calor aumentar y vuelta a casa por el camino de Boadilla y la calle Miño de la urbanización el Bosque.

Se echó de menos la compañía. Espero que, para la próxima, se recupere el pelotón por lesiones y actividades varias y yo recupere parte de la forma para no quedar, excesivamente, descolgado ante un pletórico Ángel con el que no me atrevo a salir en solitario.