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Acerca de madbici

Con un sobrepeso que me hace bajar las orejas cada vez que me subo en la báscula, hace ya más unos años me animé, con el padre de una compañera de mi hija, a dar una vuelta por los alrededores de Boadilla en mi veterana BH que, hasta ese momento, había estado dormitando durante más de 8 años en el garaje. Desde entonces, y con disciplina germánica, haga frío o calor, todos los sábados por la mañana me embuto en las poco compasivas prendas de ciclista, que no favorecen en nada mi tipín, y tras el madrugón de rigor, me voy dejando el aliento subiendo cuestas arriba y desmelenándome en las cuestas abajo. Como el número de masoquistas es mayor de lo que sospechaba, el pelotón ha ido progresivamente creciendo hasta contar con los ocho locos que somos con alguna que otra estrella invitada que se nos apunta de vez en cuando. Este blog sólo quiere dejar constancia de nuestras salidas para el escarnio de aquél que, sin nada mejor que hacer, nos preste su tiempo y nos lea. Estas crónicas no tienen ninguna ambición y deben ser entendidas como lo que son: un recordatorio de pasadas hazañas para los miembros del pelotón donde queden reflejadas nuestras pobres mejoras con el paso del tiempo, siempre desde la humildad y sin el menor atisbo de alarde o pretensión.

Algo tranquilito

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Salida en la Casa de Campo

Fecha: 20 de octubre de 2018

Asistencia: Cuatro de los habituales

Distancia: 62,34 kms.

Ruta: Vuelta a Madrid por el Anillo Verde.

Meteorología: Aunque se anunciaban lluvias, no cayó una gota. Mañana estupenda para darse una vuelta.

Después de algunas salidas un poco rutinarias donde ha primado más la parte charla que los aspectos deportivos, este pasado sábado amenazaba con una nueva versión del diluvio universal lo que unido a que, los últimos días lluviosos han debido dejar el campo bien embarrado, nos hizo sacar nuestro espíritu más burgués y menos esforzado junto con nuestros chubasqueros para buscar un circuito que, siempre evitando el tráfico, fuera lo más urbano (léase asfaltado) posible. Con estos condicionantes, la opción estaba clara: vuelta a Madrid por el Anillo Verde.

Tras la decisión, logística habitual para estos casos. Quedada en Boadilla y montaje de los correspondientes Thule para trasladarnos a la Casa de Campo y salir desde el lago. Ya la cosa empezaba bien cuando vimos que frío, lo que se dice frío, no hacía a pesar de lo temprano de la excursión. Sensación que mejoró cuando, llevando escasos kilómetros, vimos que nos sobraban los chubasqueros: muy buenos para no calarnos pero que nos hacían sudar la gota gorda.

Sobre el paseo, nada destacable con respecto a incursiones anteriores. Sube y bajas entretenidos sin cuestas de deslomarse. Mucha gente para un día que no tenía muy buena pinta de acuerdo a las previsiones meteorológicas , mucha charla y mejor compañía. Al final,62 kilómetros de pedaleo para hacer un poco de piernas y no perder la costumbre de cara a nuevas metas que ya estuvimos discutiendo. La temporada, al menos sobre el papel, pinta muy bien.

Iremos contando.

 

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Curso medio del Guadarrama

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Cruzando el río Guadarrama

Fecha: 26 de agosto de 2018

Asistencia: 4 más nuestro amigo Bristish Ángel de vuelta en el país.

Distancia: 41,57 kms.

Ruta: Boadilla – El Pardillo

Meteorología: Calor aunque ya se nota que el mes de agosto va acabando.

Aunque parece sorprendente, hemos innovado en una zona que creíamos conocer como la palma de nuestra mano. Un paseo desde Boadilla a Villanueva del Pardillo donde, gracias a Ángel y su dominio de las aplicaciones de rutas, hemos bordeado nuevos desniveles, subido y bajado nuevas rampas y cruzado el Guadarrama con los zapatos en la mano.

La ruta no ha sido larga, unos 40 kilómetros de vuelta circular alrededor de casa. Como casi siempre, atravesamos Las Lomas y la autovía M-503 para empezar, a continuación, con las innovaciones. Para empezar, en vez de bajar hasta Villafranca del Castillo paralelos a la M-50, como hacemos habitualmente, nos vamos por una pista en cuyo final encontramos una pequeña hondonada que bordeamos hasta alcanzar el Guadarrama. A partir de ahí, seguimos el río en paralelo hasta cruzarlo por el paso que aparece en las fotos. Podíamos haberlo intentado subidos en las bicis pero, al no venir nuestro experto en caídas en charcos, optamos por descalzarnos y no arriesgar. Por las fechas y el calor que hacía,  tampoco le hicimos mucho asco a remojarnos un poco los pies.

A partir de ahí, vuelta a Boadilla, con alguna que otra innovación  más y subida por la Calle Duero de la urbanización del Bosque cuando ya iba apretando el calor y se agradecía la sombra de los pinos que había a ambos lados.

Buen rato, pincho de tortilla, Coca-Cola en el Pardillo y un buen rato de bici y charla sin mayores pretensiones.

Ahora, Toledo

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Llegada a Toledo

Fecha: 30 de junio de 2018

Asistencia: Tres de los habituales.

Distancia: 76,75 kms.

Ruta: Boadilla-Toledo

Meteorología: Nublado, con temperaturas que no llegan a los 30º…y menos mal.

He tardado casi seis años pero al final he conseguido demostrar una teoría que se me había resistido: existen las rutas en cuesta abajo.

Todo empieza el viernes con la preparación logística de la salida. Tras salir de la oficina, nos vamos en dos coches a Toledo donde, después de buscar algún sitio donde no nos cobrasen por dejar el coche, lo aparcamos y nos volvemos a Madrid. Podríamos haber mirado los horarios de tren y habernos vuelto en este medio de transporte, pero, la verdad, ni se nos ocurrió.

Con salida en Boadilla bien tempranito, por aquello del miedo a morir aplastados por el calor que, para un final de junio, se podría esperar por la meseta manchega, nos plantamos en nuestro punto de partida de siempre. La verdad es que íbamos de lo más variopinto: manga larga, manga corta, chubasquero…pero todos con agua en cantidad en las Camelbak.

La ruta empieza, como muchas de nuestras habituales, yendo hacia Villaviciosa de Odón donde, enfilando hasta Parque Coimbra, enganchamos con los caminos que corren paralelos al río Guadarrama. Llama la atención el verdor al lado del río rodeado de huertos y secarral con un recurrente olor a estiércol que, por momentos, nos hace un poco desagradable algunos kilómetros. Los tramos de carretera nos son inevitables, pero conseguimos mantenernos por caminos la mayor parte del recorrido.  Casi todo bajada con un pequeño repecho al llegar a Bargas que, de no ser porque ya se llevaban kilómetros, no son especialmente exigentes.

Por ponerle algún pero a la ruta, lo único que se echa de menos es, al llegar a Toledo, no encontrar un sitio en alto desde el que hacernos la foto del día.

La próxima: Ávila.

 

 

 

Madrid-Segovia 2018

 

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Llegada en Segovia

Fecha: 26 de mayo de 2018

Asistencia: Cinco a la salida y cinco a la llegada.

Distancia: 117 kms oficiales, algo menos en la realidad (115,17 kms)

Ruta: Madrid-Segovia

Meteorología:  Nublado todo el tiempo pero sin lluvia…ya había llovido todo lo que tenía que llover los días anteriores.

 

Pues, sorprendentemente, llegué. Sinceramente no hubiera dado mucho por ello antes de empezar, pero lo hice.

La prueba empezó a las 8:15 h. en Las Tablas, tras una salida a mogollón donde, lo que más temíamos, era engancharnos con el que rodaba al lado. Salimos en tromba los 2.000 locos que nos habíamos inscrito en esta marcha, con los profesionales por delante con cierto tiempo de ventaja sobre el pelotón “popular”. Ambientazo en la salida, muchas ganas, nervios e ilusión.

Al poco empieza lo serio con las primeras rampas para llegar a Tres Cantos que nos sirvieron para despertarnos y, aunque la tentación nos empujaba hacia el carril bici para evitarnos los primeros sufrimientos, aguantamos como jabatos y cumplimos a rajatabla con el recorrido marcado por la organización. El pelotón de cinco ya quedó roto en esos primeros instantes con los que iban a por tiempos delante y los que nos marcamos como objetivo llegar, bastante más retrasados. La media, bajita. Ya llamaba la atención que no adelantásemos a nadie y que no dejaran de pasarnos….nos daba igual. Pedalada a pedalada íbamos avanzando hasta Segovia.

De Tres Cantos a Colmenar todos muy agrupados. Sólo cuando comenzó la subida a Manzanares, empezó a estirarse el grupo. ¿Los culpables?, primero, el cruce por debajo de las vías de tren al dejar Colmenar y después las trialeras que, disfrazadas de camino, tuvimos que pasar en fila de a uno pie a tierra.

Desde Manzanares, justo después del segundo avituallamiento, llegaron las primeras rampas importantes en Matalpino.  Las fuerzas todavía seguían ahí, así que, alternado tramos encima y al lado de la bici, avanzamos para llegar a las trialeras paralelas a la M-607 donde desembocamos para empezar la subida al puerto de Navacerrada. Abandonamos la carretera al poco para, en una de las pocas bajadas donde se puede dejar uno llevar, descender hasta Cercedilla.  En ese momento, ya llevaba más de 5 horas y media de bici y el primero hacía rato que había llegado a Segovia.

Otra vez ambientazo, reencuentro con los compañeros del pelotón, revisión de la bici cortesía de Merida y, tras plato de pasta y gominolas, el momento de la decisión: seguir o abandonar. Mis piernas me decían de dejarlo ya, mi cabeza me recordaba que tenía el coche aparcado a pocos metros en previsión del abandono, pero me pudo el corazón y decido, por lo menos, intentarlo. Así que, me subo a la bici y me lanzo por la segunda etapa junto a los javieres.

Subida a la Solana lamentable: empujo más la bici de lo que he hecho jamás, al coronar, me dan calambres en las piernas y estoy a punto de darme la vuelta. Unos minutos de parada y un gel me devuelven la esperanza y decido seguir. Subo y bajo el puerto del León empujando la bici otra vez, ahora ya no por falta de fuerzas, sino por lo inclemente del terreno: pedregoso, embarrado e impracticable. Llegada a la Panera, recorrido cuesta abajo por algunos kilómetros y reencuentro con los Javis para seguir todos juntos un rato y después sólo con Santonja. A partir de ahí, sube y baja, barro y cansancio con sensación de agotamiento cada vez mayor y el total convencimiento de que el cuenta kilómetros no avanza. El desierto anímino de los 90 kms se abalanza sobre mí y sufro enormemente hasta las últimas subidas al dejar atrás el embalse de Puente Alta.  Pasado este último escollo, ya todo es bajada hasta Segovia, disfrute  y, rodando a buen ritmo, llegada en el Acueducto donde entro de la mano de mi colega Javier Santonja. ¡¡Momentazo!!.

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La llegada a Segovia con Javier Santonja

Imagino que todo esto forma parte de la famosa crisis de los cuarenta que a mí me ha llegado un poco retrasada. Sé que no es un gran logro hacer el trayecto en las 10h. 53m. que marcó el cronómetro pero, al menos a mí, me ha valido tanto como ganar Roland Garros. Toda una experiencia aunque, la verdad, no creo que me veáis en otra. 🙂

Como siempre, lo mejor, el compañerismo: gracias a los javieres, Santonja y Ramírez, por haber sacrificado sus tiempos por amistad.

 

Alea Jacta Est

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Embalse de Puente Alta

Fechas: 12 y 19 de mayo

Asistencia: 2 a la primera y cuatro a la segunda

Distancias: 53,63 kms y 66,54 kms.

Rutas: Cercedilla – Segovia por el puerto de los Leones y Boadilla – Perales de la Milla

Meteorología: Tiempo loco de primavera. A veces llueve y otras solazo respetable.

Pues ya está. Con estas dos rutas se acabó el entrenamiento para la Madrid-Segovia 2018. Sé que me he quedado corto, mis piernas y mi extremo cansancio al final de cada una de estas etapas ya me están avisando que no estoy en forma o, al menos, no tan en forma como para completar la prueba. Pondré corazón, ilusión y ganas, muchas ganas, pero no tengo del todo claro que sean suficientes para alcanzar una meta que, sin preocupación alguna por el crono, parece bien lejana.

La primera de las rutas, la Cercedilla – Segovia por el puerto de los Leones es espectacular, quizás no tan bonita como el paso por el puerto de la Fuenfría, pero con unos paisajes que quitan el hipo. La primavera ya está haciendo de la suyas y el ver arroyos con agua y campos sin fin de lavandas y tomillos hace las delicias hasta del más insensible.

Empezamos la ruta a las 7 de la mañana ya en la estación de cercanías de Cercedilla, con lo que, a poco que se calcule, es fácil imaginar la hora a la que sonó el despertador en Boadilla. Tras un fallido intento de tomar un café por la zona, ya que todo estaba aún cerrado, nos montamos en la bici y, casi sin tiempo a amoldarnos al sillín, ya estábamos encarando las primeras pendientes del puerto. Cierto es que duro era pero, como ya me lo habían avisado e iba preparado para algo peor, lo subí con cierta holgura. No paramos de subir en un buen rato y los últimos metros, por lo embarrado del terreno, los hicimos con una depurada técnica de pie a tierra.

Una vez coronado el puerto y esperanzado con una bajada desmelenada, todos mis ánimos se desvanecieron al comprobar que, por culpa de los pedregales que forman el sendero, no nos queda más remedio que bajarnos de la bici y recorrer gran parte de la bajada al lado de nuestras mecánicas compañeras en lugar de encima de ellas. Tampoco hubo mucho tiempo para lamentarse ya que, inmediatamente a continuación, empezó una parte del recorrido que, con suaves sube y bajas, nos hizo avanzar por unos bosques, en plena eclosión primaveral, que nos dejaron asombrados.

Todo parecía ir bien cuando, a escasos 22 kilómetros de nuestro objetivo, y tras haber gastado las fuerzas que nos iban quedando en el rompe-piernas de San Rafael, mi compañero de fatigas pincha su tubeless trasera. Sorprendidos de que nos fallara el líquido del interior, abrimos la rueda para comprobar que poco quedaba de él. Sin otra opción, decidimos meter una cámara que llevábamos como precaución en la rueda y empezamos a inflar. Cual no sería nuestra sorpresa cuando comprobamos que su bomba no funciona y que yo he olvidado la mía. ¡Desastre que somos!. Y eso sin olvidad que servidor olvidó el casco en casa y se la estuvo jugando todo el camino con un pañolito como única protección.

Ni cortos ni perezosos, y viendo que no venía ningún ciclista al auxilio, nos pusimos a recorrer las urbanizaciones, más o menos cercanas, con la esperanza de que algún lugareño fuese aficionado a la bici y nos prestase una bomba. Tras dos horas de deambular por las cercanías de Ortigosa del Monte, encontramos un buen samaritano que nos prestó la que, por casualidad, llevaba en su maletero. Nos había venido a ver un santo ya que la única opción que nos quedaban era una marcha a pie de varios kilómetros arrastrando una bici pinchada.

Reanudada la marcha, todo era ya, más o menos, cuesta abajo con la sorpresa final de la vista espectacular del embalse de Puente Alta, donde tomamos la foto que acompaña esta crónica.

Tras cerveza final en las cercanías de la estación de Segovia, cogimos el tren a Cercedilla y, de ahí, a casa. Independientemente de lo que pase el próximo sábado en la prueba, habrá que agradecer que la carrera nos haya dado la oportunidad de conocer esta ruta.

 

 

Cercedilla

 

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En el cercanías, ya de vuelta

Fecha: 7 de abril de 2018

Asistencia: 3 del pelotón de entrenamiento para la Madrid-Segovia.

Distancia: 52,82 kms.

Ruta: Tres Cantos – Cercedilla

Meteorología: Amenaza de lluvia desde el principio que se sustanció en los últimos 10 kms del recorrido.

Ruta prevista como parte de nuestro entrenamiento de la Madrid-Segovia desde hacía tiempo. Realmente es la primera etapa de las dos que tiene el recorrido.

Durante la semana hubo dudas. La previsión del tiempo no acompañaba: daba lluvia pero, con la inconsciencia que ya nos caracteriza y debería empezar a preocuparnos, no hicimos caso y, aunque optamos por una versión reducida, ya que eliminamos los primeros doce kilómetros saliendo desde la estación de cercanías de Tres Cantos en lugar de hacerlo directamente desde Madrid, nos tiramos a la piscina… y nunca mejor dicho.

Por describir cronológicamente la aventura, el cruel despertador sonó a las 6 de la mañana, doble crueldad por lo ingrato del madrugón y por ser sábado. Alguno tuvo tentaciones de inventarse alguna indisposición, pero somos gente comprometida y seria, y no lo hicimos. Tras café rápido y torta de aceite de Inés Rosales (no hay mejor dopaje), a las 7 de la mañana estábamos montando las bicis en el coche y a las 8 desmontándolas, ya en Tres Cantos.

Nubes pero no mucho frío nos acompañan en el primer tramo. Mucho sube y baja, pero nada especialmente llamativo. Llegada a Colmenar y, rodeando el pueblo, rodamos paralelos a las vías del tren hasta desviarnos por un camino, que más que camino era una trialera con rocas bien fastididada, sobre todo por la cantidad de agua que había en el monte. Nos encontramos con los primeros ciclistas y corredores que, como nosotros, se muestran inasequibles a las inclemencias del tiempo.  Tras mucho poner el pie en tierra, llegamos a una pista ancha que, de subida constante, nos lleva hasta Manzanares. Poco antes de llegar al pueblo aprovechamos para realizar una parada en la cota más alta donde disfrutar de las vistas y degustar nuestras coca colas, queso y picos. Recuperadas las fuerzas encaramos, en una pista preciosa, la bajada hasta el pantano. Bordeamos el pueblo y, acompañados por una lluvia que no nos abandonará hasta el final de la ruta, nos encaminamos a la entrada de La Pedriza, que dejamos a nuestra izquierda. Tras llanear un buen rato, llegamos a Mataelpinto, que no es un pueblo, sino una cuesta arriba interminable que, a estas alturas, ya se hace un poco dura.

A partir de aquí, nuevas trialeras por caminos bien estrechitos y complicados aunque más por lo mojado del terreno y la lluvia que por la orografía del terreno. Los caminos son sustituidos al poco por en el único tramo de carretera: una subida por la M-607 hasta el cruce con la M-601 que sube al puerto de Navacerrada. El cruce marca el final del tramo por asfalto y  marca el punto donde nos desviamos, ya en cuesta abajo, hacia Cercedilla, donde llegamos poco después de las 13:30h.

Empapados como si nos hubiéramos bañado con la ropa puesta, nos toca esperar el Cercanías a Madrid en la cafetería de la estación. Nueva coca-cola y pincho de tortilla, transbordo en Chamartín y vuelta a Tres Campos para recuperar el coche dan por finalizada la aventura del sábado.

En cuanto a sensaciones, lo positivo es que me convenzo de estar en condiciones de, al menos, cubrir el primer tramo de la ruta pero, y esto es lo negativo, con serias dudas de estar en forma para completar la prueba completa. Veremos cómo evoluciono en las próximas semanas. Será clave la ruta que hagamos para realizar la segunda parte. Veremos.

 

Viento, mucho viento

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Celebrando el cumple de Ramírez

Fecha: 23 de marzo de 2018

Asistencia: Cuatro de los más fieles.

Distancia: 57,26 kms.

Ruta: Boadilla – Casa de Campo.

Meteorología: Día tristón, amenazando lluvia todo el camino, pero sin caer ni gota pero con viento, mucho viento.

Hugo, ese es el nombre a recordar de este día. Según la lista de borrascas, es el que tocaba para describir el día ventoso con el que nos topamos el pasado sábado. Y mira que lo que nos preocupaba era la lluvia y el barro que, después de un mes, en el que no ha parado de llover, se debía estar acumulando en los caminos por los que normalmente transitamos.  Pero no, fue el viento huracanado que se ensañó con nosotros al final de la ruta, y el responsable de que un paseo, con poca complicación a priori, se convirtiera en un suplicio.

La salida, como siempre tempranito, desde Boadilla con el pelotón improvisando ruta sobre la marcha: no se puede negar la hispanidad del grupo. Tras un poco de debate, una Casa de Campo con posibles variantes fue lo que nos convenció a todos. Bajada hasta Madrid sin mucho que destacar, y con menos barro del esperado, tras la que empezamos con el caracoleo por el parque subiendo y bajando desde la M-30 hasta el teleférico y de ahí a Campamento para bajar a la M-30 otra vez.

Aunque todos teníamos en mente la celebración del evento del día: el cumpleaños de Ramírez, descartamos unos torreznos en el Urogallo por lo temprano del momento y nos dirigimos a Getafe para, atravesando la A-5 a la altura del museo del aire, volver por el páramo que rodea la M-50 desde Alcorcón a Boadilla. Lo que prometía ser un final tranquilo sin más, se convierte en un infierno por culpa del viento que, sin protección alguna, nos hacía sufrir cada pedalada. Tabasco, nuestro hombre contra las tubeless y defensor a ultranza de la cámara, pincha y, además de darnos la oportunidad de tomar un poco de resuello, se echa, no menos de 20 minutos, cambiando cámara e inflándola. Ya siento haber perdido la foto del momentazo. Habría sido la destacada de esta crónica de no haber desaparecido de mi móvil.  A veces wikiloc me juega alguna pasada como ésta.

Para finalizar, parada y posta en el O’Carro donde devoramos nuestros merecidos pinchos de tortilla, coca-cola y unos torreznos a cuenta del amigo Ramírez.

A pesar de que nos lo seguimos pasando bien, el entrenamiento de la Madrid-Segovia se ha resentido claramente por culpa de la meteorología. Empiezan a aparecer las dudas sobre la viabilidad del evento, al menos para mí.

Veremos…